La memoria como campo de batalla íntimo

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En el año que lleva la obra recibimos muchas devoluciones. Que la obra continúe en las impresiones del público es una de las grandes satisfacciones que nos da este oficio. Luego de una de las estremecedoras funciones que ofrece Germán, una señora me preguntó si la había escrito la noche anterior. Aludía obviamente a la inquietante actualidad de las peripecias y temáticas del texto. Lo cierto es que la escritura supuso un largo proceso que arrancó – corroboro en la carpeta donde están todas las versiones– en 2018.

El mundo de la historia lo conozco bien, demasiado bien quizá. Mi vida familiar y laboral ha estado muy marcada por la política. Años “acopiando” material (Kartun, te estoy nombrando, diría Atahualpa). Había un riesgo: caer en series de tics “ocurrentes”, frasecitas, giros retóricos; en ofrecer apenas un comentario, digamos.

Me interesaba la dimensión humana. Correrme de la caricatura, tentación muy a la mano al poner en escena a un político. Cuando apareció el padre ausente, la cosa se espesó, perdí un poco el control, empecé a jugar con fuego, con el íntimo, con el personal, digamos. Emergieron vetas dramáticas y temáticas nuevas.

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Hubo períodos de distanciamiento. La obra quedó en un misterioso y mudo proceso de asentamiento. Ariel Barchilón, el gran maestro que guió la escritura de la obra, me inculcó el valor de la maceración, del vínculo paciente con el material dramatúrgico.

Desde muy temprano pensaba en Germán como protagonista. Me daba mucho el perfil de político intenso y ambicioso que protagoniza la obra. Gran alegría cuando aceptó. Los ensayos fueron una etapa de búsqueda, de intentos. Se dio una reescritura escénica, corporal. La palabra escrita se fue encarnando, cobró vida, pulso, encontrando el sentido de lo que acontece, de lo que sucede aquí y ahora. De a poco las propias necesidades escénicas, y sobre todo actorales, “peinaron” el texto, el dramaturgo fue dejando paso al director a medida que la obra cobraba su forma. Insisto: el teatro independiente tiene su propia ecuación tiempo/resultado. Darse el tiempo para errar, en el doble sentido de equivocarse y perderse, supone distanciarse de los frecuentes criterios de productividad y eficiencia. Creo que hay ahí un valor político.

No fuimos condescendientes con nosotros mismos. No nos encerramos en nuestras certezas iniciales. Mucha gente vio ensayos. Las obras son procesos colectivos que conllevan gestos generosos, miradas, sugerencias, alientos. A veces hay que digerir críticas, pueden causar desánimo; sin embargo, tensionar el trabajo con miradas externas, creo, es parte vital del proceso. En todo caso siempre estaremos agradecidos por esos aportes.

Muy agradecidos también a Daniel Genoud y la gente de El Camarín de las Musas, Mariana García Guerreiro, Ariel Vaccaro, Paula Fraga, Caro Alfonso.

Evaluamos y revisamos cada función. Imaginamos correcciones, detalles, mínimos ajustes. Nos sale naturalmente pero garantiza que el espectáculo siga vivo, latiendo. En 2025 realizamos más de 60 funciones. Estuvimos en Villa Gesell, Lomas de Zamora, Temperley, Bahía Blanca, en el ciclo Más Teatro de Sagai. Salir del “nido” fue un desafío en sí mismo, cambiar el espacio originario tan especial del Camarín resultaba todo un desafío y comprobamos que el espectáculo funciona, creo que fundamentalmente porque Germán es un actorazo que vale la pena ver.

Afiancé la convicción de que la producción artística es el ámbito donde explorar los límites de las propias certezas, incursionar en zonas inciertas donde los juicios tambalean y se abren las interrogaciones. La era del olvido se mueve en esa zona de paradojas que requieren de la mirada del espectador para encontrar algún cierre y en todo este tiempo hemos recibido miradas muy diversas que apuntaron a diferentes aspectos de la obra.

La obra se puede ver los sábados a las 21 en el Camarín de las Musas.

*Autor y director de La era del olvido.

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