Aunque no suena Kevin Johansen (¿se acuerdan de Resistiré, con Celeste Cid?), ver a Pablo Echarri llegar ya es una escena digna de musicalizar. No importa si el fervor a grito pelado quedó en desuso, como el mismo arquetipo que lo bautizó galán.
La sola presencia del actor y productor -que supo ser blanco de suspiro colectivo- tiende a avasallar. “Hola, chicos. ¿Qué tal? ¿Bien? Les pido un cafecito y un poco de agua”, dice el actual dirigente de Sagai (Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes), que hasta para posar, sin miedo al primer plano, desprende una seguridad casi teatral.
Cuatro horas de prensa le prometen al hombre que hizo de la voz ronca una insignia del prime time. Y lejos de inmutarse, el protagonista de Maldita felicidad -comedia teatral que estrena el 19 de marzo en el mismo Metropolitan en el que despidió Druk– expone la primera verdad previo a comenzar: “¡Antes duraban mucho más!”.
La segunda es su entrevista con Clarín. “Me puso contento que tengamos una instancia de charla, porque siempre me trataron de forma destacada, sobre todo en mi alta popularidad. Hasta que decidí expresarme de otra forma… Pero que me invitaran a los 80 años del diario es parte de esta Argentina que viene hacia adelante. Ojalá que sea el comienzo de una buena relación”, augura.
De profesor hosco a depredador serial (Camaleón, Disney+), el actor que inauguró el primer Gran Rex televisado en 2003 y diversificó su radar con vocación de militancia, celebra el raid de pieles en ficción que -“muy conforme entre lo que vino y lo que deseaba”- hoy honra habitar.
El que lo trajo a este bar: un escritor ególatra con matices y su recorrido hilarante -junto a Paola Krum, Carlos Portaluppi e Inés Palombo– en un viaje de una hora quince para desarmar conceptos como la felicidad.
“Contento de volver al escenario en un momento tan complejo. Hoy la continuidad es importante por el sostén mismo, pero sobre todo por la sanidad mental”.
-¿Ya es digno de celebrar?
-No le pondría la palabra victoria, porque muchas no estamos viviendo. Pero estos personajes son lindos porque tienen profundidad. También acompaña la edad y roles que vienen cuando uno ya experimentó.
-¿Uno elige otra complejidad?
-A mí siempre me gustó la complejidad del ser humano. Yo nací en las novelas con un rol determinante de galán y con la producción, pude tocar esos galanes y darles cierto espesor, alguna oscuridad.
El galán de las superproducciones
-¿Fuiste el último galán?
-Fue un momento de la tele con buen presupuesto y un cambio de temática que empezó a mezclar actualidad. Pero con menos dinero, dejaron de suceder hechos artísticos donde el nuevo venía a comerse todo. Con dificultades para que más jóvenes que nosotros pudieran hacer novelas que penetren.
-¿Esas superproducciones a lo “Montecristo” o la telenovela clásica ya no cuajaría hoy en los estándares de plataforma actual?
-Sí, ¿por qué no? El audiovisual no se derrumbó en el mundo, sólo en la Argentina. Es desandar un camino y sumarse a la lógica mundial de exhibición. No tengas duda que la primera novela que se haga acá, que lo rememore, va a ser un éxito extraordinario.
Otra ronda confirma la buena racha del actor de ART (aunque no sea la de los bebedores de Druk). Y aunque la premisa ya no es poner a prueba una teoría científica con Javier Daulte de capitán, algo en la propuesta de Agustina Gatto, dirigida por Daniel Veronese, promete -entre garantía de carcajadas- un buen baño de profundidad. Iluminando a un protagonista ruin y cobarde, con capas por deshojar.
De la tele al teatro
-¿El escenario te barrió de vicios televisivos?
-Se actúa de otra manera. Igual mi última novela fue en 2015, así que vicios tengo otros, jaja.
-¿Por ejemplo?
-Los últimos años me ocupé muchísimo en cuestiones de derechos, legislativas, institucionales en mi otra actividad. Pero cuando volví al escenario, me redescubrí como actor.
–¿Uno mejor?
-Mejor de lo que era. Tal vez no sea mucho, jaja. Pero todos mejoramos con la edad. Y estos roles, para un viejo de 56 años, son muy divertidos.
-Con “Camaleón” volviste al audiovisual, pero seguís eligiendo las tablas. ¿Hay algo en la nueva forma de hacer ficción que genuinamente no te convoca? ¿O ya venías desencantado?
-No es desencanto. La Leona fue producción mía con Telefe, y cuando abro una productora y viene una sucesión de eventos económicos y políticos -porque asume un gobierno que busca romper con eso y no encausar- me dediqué a eso y a la gestión institucional. Las plataformas como grandes productores y exhibidores tampoco vieron en mí alguien a quien querían explotar o ponerle foco. Así que no hubo una relación tan estrecha.
Y aunque siempre son bienvenidas, hace años dejé los sueños de gran expansión. Del 99 al 2001 filmé películas que me dieron la posibilidad de insertarme en el mundo de producción, sobre todo española. Pero tenía que irme a vivir afuera y no iba a dejar a mi familia. Tampoco la hubiera arrastrado a Nancy.
-Con Nancy las pasaron todas, como ser blanco de escraches sistemáticos por su alto perfil militante. ¿Te hiciste a prueba de balas?
-Las balas son balas y están hechas para entrar. Cuando no entra porque tenés chaleco, te crean una de teflón para que te entre más y pasa con las palabras o cuando deciden atacarte. Decir: no me entran las balas o no me duelen los cachetazos sería estúpido, tendría que ser de mármol.
Pero ya hice un máster de exposición y el boleto viene cargado de impuestos. Como cuando Luca (el hijo de Nancy y Matías Martin que fue foco de críticas recientes) tomó la decisión de exponerse como comunicador, supimos que iba a ser objeto de ataque. Porque su ADN está constituido con una historia detrás.
Con Nancy la vivimos juntos. Mientras uno no toma posición, el afuera no se pone nervioso. Y cuando decís: ‘Soy esto», se vuelven locos. Y el sentimiento de: “Cómo los amamos a Nancy y Pablo”, se definió. Una parte de ese amor se amargó, se secó. Y lo otro se llenó de sentido. Es una cuestión genética, no una decisión. Ser así es a pesar nuestro.
Nuestra construcción amorosa también fue a conciencia. La confianza y el diálogo como herramienta generó algo que se parece mucho a lo que soñábamos.
La familia, en primer lugar
Echarri se refiere a su familia ensamblada con dos hijos y Luca “que también es mi hijo, pero no lo es”.
Sin alto perfil en medios, cuenta que “More está con su ciclo básico en la FADU y en una fluctuación de militancia, porque no lo hace como antes y a Juli le faltan 2 años para terminar secundario. En casa podemos flexibilizarnos en cualquier cosa, pero la facultad se termina”.
-El otro día la preguntaron a China Suárez, tu colega en “Camaleón”, si la gente podía separar su vida de su obra. ¿Qué termómetro tenés sobre vos?
-Es, tal vez, la parte oscura del trabajo del actor y la popularidad que no se puede disolver. Uno va construyendo un combo que es todo.
Y que en el Echarri visceral -más temprano que tarde- se expandió sin marcha atrás. “La política existe en mí por absoluta convicción y porque la mirada del país que quiero es infinitamente más importante que mi trabajo. Hasta liberó a mi actor, acomodando mi rol como hijo, esposo y padre”.
-Cuando se reencontraron Solita Silveyra y Laport para repetir la pareja televisiva en teatro, el efecto no fue igual. ¿Ya nadie está exento a la realidad que azota la industria?
-Lo que tiene que haber es un buen texto, acorde a estos tiempos. Y la mirada del director es vital. Lo demás acompaña, pero no define.
-¿Lo tuyo con Paola Krum, tu pareja antológica televisiva (hoy co-protagonista de tu obra) es más que una acción de marketing?
-Nos conocemos mucho. Compartimos cine, TV y teatro cuando éramos jóvenes con La Banda de la Risa, en La Trastienda. Hay una escena emblemática de Montecristo, que cuando me ve, empieza a hacerle ruido el corbatero porque se le acelera el corazón. Paola tiene esa capacidad. Una verdad apabullante y manejo de comedia con la misma maestría.
-“Los buscas…” fue tu gran apertura en tele, pero no todos saben que estuviste cerca de hacer “Montaña Rusa”.
-Mi primer casting fue Canto rodado y me dijeron que me dedique a otra cosa, que no pierda el tiempo. El viaje en colectivo de vuelta me dolió, pero me encontré la realidad del medio. Después tuve una estrella extraordinaria, porque quedé en Canal 9. Y cuando Patricia Weber me llamó para Montaña, otra vuelta, que ya no pude, me llevaron a ver los decorados y conocí a Nancy. El primer contacto visual fue un flechazo.
-El crecimiento del reality cada vez con más actores protagonistas es una realidad. ¿Entendés los números del fenómeno?
-Me encanta la forma en que lo decís: cómo los actores son convocados. Los actores van porque no tienen trabajo. Pero está bien cómo lo exponés porque la realidad se ve así. Te aseguro que si Andrea (Del Boca) hubiera tenido un personaje en la novela de la tarde, haciendo de la tía del protagonista o de mala o madre de alguien, no hubiera pensado en Gran Hermano.
Pero el formato está súper vigente. Ver actuar visceralmente a tanta gente disímil e insuflada para que explote, es del pasado reciente, pero del presente más que nunca. En MasterChef, el actor ve una posible puerta en streaming, radio o novela corta.
Yo no pude ver una serie vertical entera. Lo digo como una incapacidad. Reconozco que perdí un poco esa capacidad onírica de incorporar nueva música o ver todo lo que hay dando vueltas. Mi condición personal hace que lo más me interesa sea lo que toco con las manos, lo más crudo. Eso me ocupa mucho el día.
-¿También salir a desactivar las chicanas relacionadas al financiamiento de tus películas, por parte del INCAA, “que no vio nadie”?
-Es la forma civilizada de contarle a esta gente que desconoce las políticas culturales en el mundo. Un dinero que viene directamente del sector es puesto al servicio de un impulso económico. Vos ponés 5 y ganás 15, es la forma en la que vamos a salir cuando esta pesadilla termine. El camino lógico para construir una Argentina sin inflación, con buenos sueldos y sin tanta desigualdad.
La otra forma es que cierren sus bocas, porque actúan por sentimiento, no por conocimiento. Hoy no hay política cultural del INCAA de llevar a la gente al cine. Lo que me hace saber quién es esta gente, que no son adversarios políticos. Vinieron a destruirnos. A dejar afuera todo el aparato cultural argentino.
-¿Cómo se es optimista sin caer en el enojo?
–La bronca es un motor que, a veces, me pone en marcha. Soy optimista porque este modelo es inviable. El fin es transformar la Argentina en Perú o en Ecuador. Entonces cuando el capital político se termine, merme, quedarán afuera. Porque el sistema vigente mundial es la democracia.
-Mencionaste que tu rol gremial en Sagai hace 19 años, es tu mejor papel, más que cualquiera de la ficción. ¿Te visualizas más fuera que dentro de la periferia artística?
-Hubo algo definitivo que fue la semana del secuestro de mi papá. Cambió mis prioridades y Sagai se transformó en una herramienta vital. Y me quitó esa libido puesta en mirar el afiche, mi forma de actuar o aspirar con quién.
En el futuro, quiero seguir subiéndome al escenario hasta el final, pero me gustaría tener una experiencia política. Que sé que la voy a tener en algún momento. Prefiero decirlo yo, antes que el archivo me desmienta.
Y aspiro tener la suerte del Beto (Brandoni) que hizo cosas en política y cuando decide volver a las tablas, lo puede hacer. A que en la Argentina se respire un poco más de igualdad, que en lo artístico sea parecido ser conservador a ser popular. Yo también hago esa ofrenda y me inmolo para sea más natural. Eso tiene que cambiar. Y ser más parecido al resto del mundo.
